Tras años, me pareció haber llegado a esa pared. Inmensa, recorría de lado a lado la vista y la desafiaba a encontrar un final. En ella estaban escritos enormes grabados a tiza acerca de la lógica llevada a sus últimas consecuencias, algunas ecuaciones matemáticas y unos pocos preceptos filosóficos en latín. Me resultaban familiares solo a grandes rasgos, pero fue el dibujo de un cilindro con una esfera en su interior lo que hizo que me acercara un poco más.
Mi vista conseguía distinguir cada vez más y más palabras. Surgían historias de aquel fractal blanco, que me invitaban como un círculo vicioso a seguir avanzando. De pronto me detuve y, encima de mi cabeza, observé líneas que rayaban el espacio a modo de pentagrama, otras que recordaban a pinturas y varios puntos entrelazados con formas diversas, las cuales entendí como constelaciones. Como quien visita una silenciosa sala de museo, caminé seis pasos y brotaron las firmas de las grandes huellas de la humanidad. Curiosamente, al séptimo paso todo se desvaneció. Asustado, retrocedí y el eco del pisar devolvió la tiza a la pared. Traté de recordar aquella inmensidad antes de partir, del este al oeste: lo que era cultura, lo que era instinto, lo natural, lo artístico y lo espiritual. Pasaron unas horas hasta que di el séptimo paso, al que le seguirían cientos más en un perpetuo silencio.
Repetía entre dientes lo recordado, mirando hacia una pared que, por más que me acercara, no parecía más próxima. Sin darme yo cuenta, pasaron días; era ahora en mi mente donde se dibujaba con tiza y a su manera todo lo aprendido allí. Calmaba el silencio con los susurros de quien memoriza una lección, con muecas nerviosas en los pómulos y apretando la mandíbula. A veces se me escapaba una risa. La pared hacía dudar del sentido mismo de alcanzarla, pero a la vez revelaba las verdades últimas y las primeras: las que efectivamente demostraban que era un absurdo sinsentido y las que empujaban a lo maravilloso de seguir a través de ella. Tras años con la mirada fija, nació un punto y, con un vago recuerdo, me pareció haber llegado a esa pared.
A pesar de que solo fuera un dibujo en blanco y negro, aquella espiral que se presentaba ante sus ojos parecía que giraba. La mayoría de las mentes no puede elegir ni controlar lo que sucede al ver una ilusión óptica: la ve y nada más. Él, sin embargo, pestañeó e invirtió el sentido del giro. A continuación, pestañeó de nuevo, detuvo la imagen (ya de por sí inmóvil) y abandonó victorioso el juego. Se lamió el dedo, pasó la página de su libro y rápidamente identificó la silueta de una copa, a la vez que surgían dos caras alrededor de las líneas de contorno.
Este primer vistazo era para él carente de valor, pues interpretar patrones no conllevaba un suficiente esfuerzo consciente. No era él en esencia quien estaba detrás de todo eso. Por ello, comenzó a desfigurar lo que veía y pasó de ver una simple copa y dos caras a entender el dibujo como un todo. Forzaba al pensamiento a adaptarse a sus pretensiones, sintiendo que trascendía de una rudimentaria forma de ver las cosas a otra más elegante. Cerró satisfecho el libro y respiró profundamente.
Se coló, sin embargo, el silbido del viento por debajo de su puerta y se preguntó si, al igual que con las ilusiones visuales, podría superar esa coloquial manera de interpretar el mundo, ya que él no había elegido escuchar ese sonido. De este modo, escogió con minuciosidad los armónicos que resonaban en la habitación y logró transformar aquello en algo más reconfortante. Sonando ahora en la sala agradables cánticos, respiró profundamente y sus pulmones (los cuales no había elegido) se hincharon de un aire injusto para él. Cerró los ojos para ver si podía solucionarlo y dar con algo más acorde a sus deseos. Las cuatro paredes se replegaron haciendo que el mundo físico, al que estaba tan acostumbrado, se redujese a la nada. Ya solo quedaba aquello que estaba bajo su dominio y, ante él, una espiral negra y blanca que invitaba a verla y nada más.
La verdad es que, como mago, siempre que hago un juego de magia revelo el truco. A veces, ni siquiera acabo el espectáculo: a medida que van sucediendo las ilusiones, las voy comentando. Suelen ser cosas como: “Y de este pomelo saco el as de picas firmado, pero, como recordaréis, el verdadero as de picas me lo he guardado en el bolsillo. En cuanto al pomelo, lo he comprado en la frutería esta tarde, lo he abierto y le he metido una carta antes de empezar el espectáculo”. He comprobado que el público se marcha realmente satisfecho a sus hogares, pues nadie les ha engañado y se han sentido reconfortados al confirmar sus sospechas. La realidad es tal y como se la imaginaban: sin sorpresas.
Y es que yo abogo por la igualdad. Si ocultara algo a alguien para hacerle sentir desorientado, lo dejaría en una posición vulnerable, lo cual me parece injusto. Otras posturas defienden que la magia devuelve a la infancia, haciendo que, como niños y niñas, redescubramos las pequeñas cosas. Pero ¿no es acaso cierto que siempre les explicamos todo? Es más, ellos solicitan las respuestas. La etapa del porqué no ocurre de manera introspectiva y uno no ve, por ejemplo, a una niña sentada que mira al cielo pensativa. Solo ve a una niña comiendo un plátano que bombardea a porqués a un padre exhausto, el cual acaba respondiendo: “Porque sí”.
Yo no llamaría magos a quienes no revelan sus trucos, aquellos “profesionales”; que hacen de su público un rebaño. Un rebaño que aplaude cuando no sabe algo. Un rebaño que se desvía por una duda infundada y que corta cualquier posible explicación acomodándose en la magia. Por el contrario, yo sirvo en bandeja la pura causalidad, pues los caminos de la causa y efecto son peligrosos si se recorren solo. ¿Cuántos porqués podrían derivar de algo que no se sabe? Y la verdadera pregunta: ¿cuántos podría soportar uno?
Inesperadamente, al acabar de explicar mi gran truco, abrí el pomelo y apareció el as de corazones; en mi bolsillo no había rastro de nada más. Aclaré a la enfurecida audiencia que esto, evidentemente, había sucedido “porque sí”.