El Paso De La Carne A La Persona °•°•°

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El Paso De La Carne A La Persona

        Me parece desagradable hablar de esto, pero soy nueve kilos de piel y ocho de huesos; también fibras musculares entrelazadas que suman otros veinticuatro. Si sigo sumando, tendría que añadir tres kilos de intestinos y otros tantos de tripas, pulmones, hígado, páncreas, riñones, estómago… Pongamos que son siete kilos más. Aun teniendo en cuenta el peso de todas estas vísceras, hay quienes creen que el paso de la carne a la persona es de tan solo veintiún gramos, que con eso bastaría.

        Para mí, de entre todos los órganos, el corazón es, sin duda, el que más detesto. Como si mi cerebro, el coordinador y director de orquesta de tan solo un kilo, le hubiese jurado la guerra. Aunque no lo exprese abiertamente, todos saben que le aterra que el incontrolable corazón se rebele contra él y contra todo su trabajo. El director solo quiere escuchar música y, cuando una estúpida sección falla estrepitosamente, les insulta llamándoles carne.

        Si bien algunos críticos entendían su orquesta como una maquinaria perfecta, para él era simplemente una sinfonía cruda. Los momentos más decadentes sucedían cuando él mismo reconocía que también era carne, no muy diferente de aquella a la que miraba con cierta condescendencia. En consecuencia, yo me levanto por la mañana notándolo. Aun así, a mí se me permite disfrutar de forma cómoda de la superficie de algunos patrones. Aunque la cara de mi madre sea en esencia órganos dispuestos de cierta manera, es también en esencia la cara de mi madre.

        Pero le sucedieron al director episodios repetidos: cuando la orquesta se volvía salvaje y cruel, lo único que hacía era pasarse la mano con asco por la cara e irse a casa. Allí permanecía toda la noche, convenciéndose de que no tenía por qué preocuparse de su grupo, que no era su responsabilidad y los abandonaría a su suerte. Sin embargo, al despertar, casi por inercia, la pesada rutina le empujaba a seguir con su banda. Puede que esa carga que le acompañaba le hiciera pesar veintiún gramos más, o puede que el director pesara meramente un kilo, ni uno más ni uno menos, como tantos otros.

Puerta °°•••°°

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Puerta

        Llamo a esa puerta siempre de la misma forma: la golpeo dos veces con mi mano derecha y me mantengo quieto. Normalmente, el estruendo del hueso contra la madera rebota por todas las paredes hasta que se detiene. Doy paso a una respiración más callada y, aunque no mire, mis ojos apuntan hacia abajo esperando una respuesta con atención. Tras unos segundos, se pronuncian desde el otro lado. En algunas ocasiones, de manera alegre, con ilusión, orgullo, determinación. En otras, con cierto enfado, preocupación, decepción, indiferencia.

        Evidentemente, las primeras veces que llamé a aquella puerta creía que existía una relación directa entre lo que yo hacía y lo que me llegaba desde su interior. Por ejemplo, recuerdo aquella vez que golpeé tres veces con mi mano izquierda a un volumen leve y escuché cómo saltaban de la emoción. Al día siguiente, repitiendo exactamente lo mismo, solo obtuve gritos de ira. ¿Les habían gustado los tres golpes? ¿O tal vez la intensidad del golpeo? Tras intentos e intentos fui ajustando y baremando cada pequeño gesto que tenía que hacer. Un arduo trabajo de desechar y buscar cuál sería la mejor forma, entre todas las posibles, de llamar a aquella puerta.

        Y, aunque transcurrió mucho tiempo, la encontré. Consistía en tres precisos toques con el reverso de las cuatro falanges, que se fundían en un eco perfecto (al poder intuir ya las dimensiones de la sala que me esperaba al otro lado). Cuando llevaba a cabo esa llamada, sentía también una vibración en mi mano, la cual me recorría de forma armoniosa hasta la muñeca. Una respuesta siempre amable de las personas que allí habitaban: siempre la misma llamada y siempre la misma reacción. Pero, como comentaba antes, las primeras veces uno puede ser muy iluso. Las respuestas se tornaron caóticas, oscilando entre lo desagradable y lo más feliz que había oído nunca. Ya no sabía qué creer. Me preguntaba si el problema era yo o eran ellos, o quizás del entorno. Incluso si había merecido la pena forzar la complacencia hasta ese extremo, ¿había llamado alguna vez a aquella maldita puerta como yo quería?

        Ahora, independientemente de lo que me respondan luego, llamo siempre de la misma forma: la golpeo dos veces con mi mano derecha y me mantengo quieto, siendo problema de ellos cómo se lo quieran tomar. Curiosamente, hoy ha sido la primera vez que no he obtenido respuesta y la primera vez que no he sabido qué hacer.

Arena °°°•°°°•°°°

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Arena

        Cojo la arena con mi puño y la dejo caer poco a poco. Parte de ella se precipita de manera continua como un chorro de agua y el resto se esfuma en forma de polvo hacia otro lugar. Cuando ya no queda en mi mano, me agacho, recojo un poco más, extiendo el brazo de nuevo y baremo la fuerza para que vuelva a caer lentamente. Presto atención al tacto que deja al colarse por el pequeño hueco que permite mi mano. A veces es suave; en otras, mi palma se ha acostumbrado tanto a la sensación que pasa desapercibida. 

        Por último, agarro toda la que abarca el tamaño de mi mano y cierro el puño con fuerza. Cada uno de los granos hace presión contra otro y se detiene el flujo. Cuanta más tensión ofrezco, más intensa es la resistencia, hasta el punto en el que los dedos me empiezan a doler. Cuando me canso, la abro de repente y la fina línea que separa el grano de arena del montón de arena se rompe.

        Es intuitivo pensar en la cabeza como el centro controlador de operaciones, el lugar que alberga quienes somos.

        En los bares cojo una servilleta y, mientras todos hablamos, la voy despedazando en trocitos muy pequeños. Pulgares e índices de ambas manos trabajando en secreto de manera minuciosa y el producto solo desvelado al acabar la conversación y ver decenas de bolitas de papel. Aunque todo lo que somos esté allá arriba, por favor, ¿podría relegar un poco a alguna otra parte?